Yo estaba tumbada, relajada, cuando de pronto,... sentí un roce atrás. Era él, se acercaba a mi cuello y me susurraba algo que no consigo recordar, pero que me produjo un escalofrío.
Se desvestía de cadera para abajo, lo suficiente para notar su piel, su calor. Y fue haciéndose eco en la habitación mientras agarraba las sábanas y percibia movimientos. Le sentía penetrar mientras se enlazaba al unísono algún gemido consentido. Me daba media vuelta, y, cara a cara, siguió haciéndolo. Con nuestros rostros demostrando excitación, mencionaba que quería hacerlo así, lento, con cariño, amor. Y así fue, suave, bonito, delicado. Las comisuras de nuestros labios se unieron a la vez que los mordía con más ahínco.
Me desnudó entera, le desnudé de pies a cabeza... Y empezó la perdición con marcas de fuego en las sábanas.








